viernes, 29 de octubre de 2010

Bar Coffee Shop Car


Muchas veces fui en su interior hacia lugares insospechados y he de decir la verdad: siempre temí que nos dejara tirados por el camino. Recuerdo que hará unos cinco o seis años nos embarcamos en un viaje para un festival de música en Portugal, de esos que duran un fin de semana. A ciencia cierta no sabía a cuanta distancia estábamos de allí cuando salimos de Alcalá. El mapa que llevábamos era algo arcaico y yo suelo ser malísimo para orientarme. Era el copiloto y llevábamos tal bolillón encima que la idea de perdernos se nos presentaba no sin cierto atractivo. Pero llegamos. Serían las once o las doce de la noche. Allí había diez millones de personas, el festival propiamente dicho había comenzado hacía ya tiempo y aparcamos el coche en una explanada en la que había diez millones de vehículos entre caravanas, furgonetas, motos y alguna que otra bicicleta. En el culo del mundo estábamos.

Compramos los abonos e inmediatamente buscamos algo de comer. Cuántos kebaps engullimos aquella noche no sabría decirlo. Lo que sí diré es que disfrutamos de unos conciertazos de Jamiroquai y Primal Scream que jamás olvidaré. Luego nos fuimos al Bar Coffee Shop Car a por las cervezas que nos esperaban heladas en la nevera. Cuántas cervezas nos bebimos antes de echar hacia atrás los asientos y tratar de dormir algo tampoco sabría decirlo.

El siguiente día lo tengo en mi mente como si hubiera sido un sueño. Recuerdo que bajamos hasta el pueblo, Zambujeira do Mar se llamaba. De pronto, un hombre ya entrado en años se acercó a mi colega y, señalando su camiseta, en la que aparecía una fotografía de Björk, le dijo: "I know the music, it's my life", y se esfumó. De allí seguimos bajando hasta una pequeña cala en la que sus moradores parecían encontrarse en el mismo estado hipnótico que en el que yo estaba. Para más inri, comenzó a levantarse una niebla extraña que nos traía volutas blancas y grises (después nos enteramos que había habido importantes incendios forestales por la zona), y un chico se puso a tocar un didjeridu al lado nuestra, un instrumento de un metro o metro y medio de longitud, como un tubo, típico de los aborígenes de Oceanía, que desprende un sonido grave y suave capaz de dejar dormido a cualquier animal salvaje. Y la de botellines que cayeron aquel día también... Tantos nos bebimos que a la segunda noche de conciertos, es decir, ese mismo día, no asistimos. Nos quedamos en el coche escuchando cómo tocaban Morcheeba (que tampoco era santo de nuestra devoción, todo hay que decirlo), y comiendo otro kebap acompañado de otros botellines.

Al día siguiente tocaba la vuelta, cerca de seis horas de viaje por delante y con un cuerpo que ya os podéis imaginar. Por supuesto duró mucho más, ya que teníamos que explorar las calas que habrían por aquellos parajes expectaculares. No sé cómo nos adentramos en un parque natural y llegamos a una calita a la cual se accedía descendiendo por un acantilado impresionante. Nunca he vuelto a bañarme en unas aguas tan frías en mi vida, os lo aseguro. Cuando estoy en la playa me da por recoger alguna que otra concha o piedra que posea una forma singular, una que llame mi atención por su forma, por sus colores. Me fijé mientras tiritaba en una que desde mi posición parecía una hamburguesa. Era negra, de unos diez centímetros de diámetro, redonda y achatada, y justo por lo que sería su ecuador pasaba una línea blanca de una definición perfecta. La recogí de inmediato y la guardé en el bolso que normalmente me acompaña a casi todos sitios. Cuando nos cansamos de pasar frío decidimos emprender la ascensión del acantilado, donde nos esperaba el coche. Allí nos pusimos ropa seca y comenzamos el regreso hacia Alcalá. Aún estábamos en el parque natural, buscando la carretera, cuando una furgoneta que venía en sentido contrario nos hizo ráfagas con sus luces. Mi colega se preguntó en voz alta por aquel saludo o aviso y comenzó a mirar todos los indicadores luminosos del coche sin encontrar nada extraño, y seguimos adelante. Nos cruzamos con otro vehículo que nos hizo también señales con las luces y ya nos extrañó. Algo tenía que ocurrir, pero mi amigo no veía nada raro. Después de unos minutos mirando de nuevo la temperatura, el indicador de la gasolina y demás, decidimos seguir pero alertas, porque algo tenía que pasar. A lo lejos vimos otra furgoneta roja que también se puso a hacernos ráfagas con una insistencia de la que ya no dudamos: tenía que ocurrir algo. Su matrícula era de Madrid y fuimos parando poco a poco, uno al lado del otro, para ver qué querían. El que conducía, riéndo junto con el resto de ocupantes, nos dijo: "Perdona, pero es que llevas un bolso en el techo del coche". Efectivamente. Era mi bolso. Mi bolso negro que suelo llevar a todas partes estuvo a punto de perderse para siempre con toda mi documentación, mis libretitas, mi monedero y con los últimos veinte euros que nos quedaban para echar gasolina y poder regresar a Alcalá. Lo había puesto encima del coche a la hora de ponernos la ropa seca y allí se quedó, recorriendo una distancia que calculo sería de unos tres o cuatro kilómetros por un camino de tierra, en medio de un parque natural. ¿Cómo es que no se cayó? Por mi manía de coger piedras en las playas.

Por supuesto sigo conservando aquella extraña y bellísima piedra.

2 comentarios:

  1. Me ha encantado este relato recordatorio.. me he acordado de mis aventurillas juveniles.
    un beso desde la distancia

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