sábado, 20 de noviembre de 2010

Como nadando: guiño a lo Kerouac para Mark Sandman

Pues claro que me gustaría encontrar a mi Dean Moriarty, alguien que me ayude a olvidar el fuego o al menos tratar de apaciguarlo, ese fuego que tira de mí cada día y me muestra el infierno y me dice que lo estoy pisando; y el whisky está francamente inalcanzable en cualquier bar, pero tu melosa voz me conmueve y me hace ser grande, y Dana Colley irrumpe entre el humo, el maravilloso humo que después me hace poner la ropa en el balcón para que se airee, y pienso en los amigos, los que se fueron, los que se están yendo, ya lo dije una vez, por naturaleza o por mujeres -que lo llamen como quieran-, y me siento triste porque no sé adonde va a parar todo ésto, o sí lo sé y no quiero verlo, y pienso en desiertos y carreteras que no llevan a ningún sitio, y las horas de las noches van encogiendo hasta que noto cómo mi corazón bombea con fuerza mi sangre hasta el cerebro, y me pongo a cantar como si fuese lo último que haría en la vida, en otra vida que no se corresponde con este momento en concreto, porque mañana ya no seré yo sino otro, el de costumbre, el que se alegra por cualquier tontería, el que se empeña en ser un optimista resignado que cumplirá mañana treinta y cuatro años.

Hola Dean, ¿no estás por ahí?

viernes, 29 de octubre de 2010

Bar Coffee Shop Car


Muchas veces fui en su interior hacia lugares insospechados y he de decir la verdad: siempre temí que nos dejara tirados por el camino. Recuerdo que hará unos cinco o seis años nos embarcamos en un viaje para un festival de música en Portugal, de esos que duran un fin de semana. A ciencia cierta no sabía a cuanta distancia estábamos de allí cuando salimos de Alcalá. El mapa que llevábamos era algo arcaico y yo suelo ser malísimo para orientarme. Era el copiloto y llevábamos tal bolillón encima que la idea de perdernos se nos presentaba no sin cierto atractivo. Pero llegamos. Serían las once o las doce de la noche. Allí había diez millones de personas, el festival propiamente dicho había comenzado hacía ya tiempo y aparcamos el coche en una explanada en la que había diez millones de vehículos entre caravanas, furgonetas, motos y alguna que otra bicicleta. En el culo del mundo estábamos.

Compramos los abonos e inmediatamente buscamos algo de comer. Cuántos kebaps engullimos aquella noche no sabría decirlo. Lo que sí diré es que disfrutamos de unos conciertazos de Jamiroquai y Primal Scream que jamás olvidaré. Luego nos fuimos al Bar Coffee Shop Car a por las cervezas que nos esperaban heladas en la nevera. Cuántas cervezas nos bebimos antes de echar hacia atrás los asientos y tratar de dormir algo tampoco sabría decirlo.

El siguiente día lo tengo en mi mente como si hubiera sido un sueño. Recuerdo que bajamos hasta el pueblo, Zambujeira do Mar se llamaba. De pronto, un hombre ya entrado en años se acercó a mi colega y, señalando su camiseta, en la que aparecía una fotografía de Björk, le dijo: "I know the music, it's my life", y se esfumó. De allí seguimos bajando hasta una pequeña cala en la que sus moradores parecían encontrarse en el mismo estado hipnótico que en el que yo estaba. Para más inri, comenzó a levantarse una niebla extraña que nos traía volutas blancas y grises (después nos enteramos que había habido importantes incendios forestales por la zona), y un chico se puso a tocar un didjeridu al lado nuestra, un instrumento de un metro o metro y medio de longitud, como un tubo, típico de los aborígenes de Oceanía, que desprende un sonido grave y suave capaz de dejar dormido a cualquier animal salvaje. Y la de botellines que cayeron aquel día también... Tantos nos bebimos que a la segunda noche de conciertos, es decir, ese mismo día, no asistimos. Nos quedamos en el coche escuchando cómo tocaban Morcheeba (que tampoco era santo de nuestra devoción, todo hay que decirlo), y comiendo otro kebap acompañado de otros botellines.

Al día siguiente tocaba la vuelta, cerca de seis horas de viaje por delante y con un cuerpo que ya os podéis imaginar. Por supuesto duró mucho más, ya que teníamos que explorar las calas que habrían por aquellos parajes expectaculares. No sé cómo nos adentramos en un parque natural y llegamos a una calita a la cual se accedía descendiendo por un acantilado impresionante. Nunca he vuelto a bañarme en unas aguas tan frías en mi vida, os lo aseguro. Cuando estoy en la playa me da por recoger alguna que otra concha o piedra que posea una forma singular, una que llame mi atención por su forma, por sus colores. Me fijé mientras tiritaba en una que desde mi posición parecía una hamburguesa. Era negra, de unos diez centímetros de diámetro, redonda y achatada, y justo por lo que sería su ecuador pasaba una línea blanca de una definición perfecta. La recogí de inmediato y la guardé en el bolso que normalmente me acompaña a casi todos sitios. Cuando nos cansamos de pasar frío decidimos emprender la ascensión del acantilado, donde nos esperaba el coche. Allí nos pusimos ropa seca y comenzamos el regreso hacia Alcalá. Aún estábamos en el parque natural, buscando la carretera, cuando una furgoneta que venía en sentido contrario nos hizo ráfagas con sus luces. Mi colega se preguntó en voz alta por aquel saludo o aviso y comenzó a mirar todos los indicadores luminosos del coche sin encontrar nada extraño, y seguimos adelante. Nos cruzamos con otro vehículo que nos hizo también señales con las luces y ya nos extrañó. Algo tenía que ocurrir, pero mi amigo no veía nada raro. Después de unos minutos mirando de nuevo la temperatura, el indicador de la gasolina y demás, decidimos seguir pero alertas, porque algo tenía que pasar. A lo lejos vimos otra furgoneta roja que también se puso a hacernos ráfagas con una insistencia de la que ya no dudamos: tenía que ocurrir algo. Su matrícula era de Madrid y fuimos parando poco a poco, uno al lado del otro, para ver qué querían. El que conducía, riéndo junto con el resto de ocupantes, nos dijo: "Perdona, pero es que llevas un bolso en el techo del coche". Efectivamente. Era mi bolso. Mi bolso negro que suelo llevar a todas partes estuvo a punto de perderse para siempre con toda mi documentación, mis libretitas, mi monedero y con los últimos veinte euros que nos quedaban para echar gasolina y poder regresar a Alcalá. Lo había puesto encima del coche a la hora de ponernos la ropa seca y allí se quedó, recorriendo una distancia que calculo sería de unos tres o cuatro kilómetros por un camino de tierra, en medio de un parque natural. ¿Cómo es que no se cayó? Por mi manía de coger piedras en las playas.

Por supuesto sigo conservando aquella extraña y bellísima piedra.

...acerca de Delirium Tremens

El tiempo le asustaba. Le abrumaba es la palabra. Como ese regalo de cumpleaños tan ansiado y olvidado apenas días después de haberlo recibido. El tiempo es aquel balón de fútbol blanco de manchas negras.

lunes, 18 de octubre de 2010

Lo importante

Alguien me dijo una vez que un buen mal de muelas era más doloroso que parir. Te creo Madre. Metido en esta situación nueva para mí, me siento ante esta pantalla pensando en todo lo que ha ocurrido desde que mi abuelo se fue. Un verano entero. Un verano en el que cada mañana me he levantado intentando darme ánimos sin hallar la causa clara de por qué tendría que hacerlo. Porque no tengo motivos para estar como estoy. Porque hace dos o tres días lo absurdo y el sin sentido golpeó nuevamente mi cara con tal violencia que no pude sino llegar a la conclusión a la que siempre llego: "No te preocupes por nada porque nada tiene importancia. ¿Se hinchan tus pulmones con aire? Eso es lo que importa".

Un hombre charlaba, como digo hace dos o tres días, en la barra del bar de mi cuñao Emilio con un amigo, disfrutando supongo de una cerveza o un café, no sé, yo no estaba allí, pero esta clase de sucesos corren por el aire nada más que ocurren, y me enteré al día siguiente que, de buenas a primeras, el hombre cayó desplomado al suelo. No se pudo hacer nada por salvarle la vida. Un fulminante infarto. Estás, ya no estás. Así de simple.

Pero en este verano, lamentablemente, se han ido más personas. Algunas porque su tiempo ya no daba más de sí. Otras, por la más grande de las putadas, repleta de una crueldad infinita y sin sentido, cuando sus vidas comenzaban a florecer apenas. Tengo suerte, tenemos suerte. Y si a ella le unimos cuantas personas pueden llegar a amarnos el lote estaría completo. Es una humilde opinión que he señalado de todo un conglomerado que arde en mi cabeza. ¿Puedes leer ésto? Pues eso es lo que importa.

Ahora me levantaré de la silla y seguiré adelante. Hoy toca otra novedad. Voy a hacer mis primeras lentejas: a ver si salen buenas.

miércoles, 14 de julio de 2010

Se fue

Se fue la persona bondad
la cordura sencilla
el sentido máximo de la relatividad

se fue un segundo Padre
nuestra innata conexión
tu verdad dolorosa se fue

se fue tu siesta de sillón
tu postura inamovible
tu boca abierta
tu roncar constante vigilado por mis ojos

Se fueron mis lágrimas con tu luz
tus historias de parranda
tus sinceras carcajadas
tus chistes perpetuos

se fue el amor por la vida
el amor por tu vida
y la absoluta convicción de que
hubieras querido vivirla igual
si gozáramos de un segundo nacimiento

se fue la real importancia de las cosas
la no cabida a los arrepentimientos
el sentimentalismo de un bebé
la devoción sin límites por tu mujer/por la familia se fue

Se fue un gran trozo de mi historia.

Ya no hace falta que andes a escondidas.
Tómate todos los tintos que quieras.

viernes, 2 de julio de 2010

...acerca de Delirium Tremens

Cada vez eran más numerosos los que afirmaban enfrentarse a los problemas con sus cojones. Al más mínimo obstáculo sus cojones, que le llevas algo la contraria sus cojones, que la razón intenta entrar por algún resquicio de su cabeza sus cojones. Así podría seguir no sé cuántos kilómetros. Y en todos ellos la repulsión irremediable por un libro.

sábado, 26 de junio de 2010

Otro grande

Era yo muy pequeño cuando tuve el primer contacto con ellos. Fue en forma de pintada, sobre una cruz de piedra instalada en medio de la plaza que estaba frente a mi casa. Allí íbamos a jugar al fútbol, al tenis, a la vuelta ciclista con las chapas que regalaban con el detergente Luzil (cuando el ciclismo aún era un deporte respetado), a molestar a los vecinos, en realidad a lo que se terciara realmente, y un día descubrí un símbolo que no entendí hasta años después. Era la "A" rodeada por un círculo que comenzó a poblar desde entonces mis cuadernos del colegio. Debajo de ella otra inscripción: AC/DC. No sabía que se trataba de un grupo musical. Aquella plaza recuerdo que era frecuentada por los denominados "punkis" por el vecindario. Vivían todos cerca de allí, pero suficientemente lejos como para que sus padres no se enterasen de lo que hacían. Aparte de las pintadas se reunían para beber litronas, fumarse sus canutos y charlar, la gran mayoría de las veces acompañados con un radio cassette enorme a todo volumen. Hacían un pequeño hoyo en el suelo de albero y se ponían a lanzar duros, a ver quién era capaz de colar desde más lejos. O se presentaban con guantes de boxeo y se empleaban los unos con los otros, allí en medio del gentío que se aglomeraba de forma repentina ante tal espectáculo.

Fue ya por la época en que la heroína había acabado con muchos de aquellos seres de pelos de pincho cuando escuché por vez primera los AC/DC. Me los dio a conocer mi amigo César. Aún hoy día cuando los oigo se me viene a la cabeza la tarde que estábamos en la habitación de otro amigo, "El Durán", y su radio destartalada comenzó a despedir aquel sonido crudo, directo y sucio del disco "Blow up your video". Allí comenzó el mito. Con el tiempo fui descubriendo más discos de ellos. En aquel entonces tenían unos cuantos anteriores al mencionado, y me enteré que Brian Johnson no era el cantante original. No podéis imaginar cómo me quedé cuando escuché a Bon Scott, una voz que mezclaba a la perfección el blues y la energía de la rabia. Lástima su muerte temprana y etílica.

He de decir que aunque su lugar lo ocupe Johnson, el grupo, indudablemente, sigue teniendo su interés. Según mi modesta opinión, la fuerza, la gracia, la poca vergüenza y el descaro de Bon Scott no puede compararse con el de la gorrita tipo boina y toda la mercadotecnia que en la actualidad acompaña al conjunto. Creo que sí, que han perdido frescura y calidad, decantándose en demasía por estribillos pegadizos. Otra cosa son los riffs de guitarra de Angus. Pero eso digo, son otra cosa, son simplemente el grupo. Menos mal que eso sigue intacto casi por completo.

Esta noche AC/DC se unirá a la lista de grandes grupos a los que he tenido la suerte de ver en directo. Va media Alcalá, me refiero a gente de todas las edades que en su día quedaron cautivados por el empuje y la contundencia de sus temas. Allí puede que me encuentre con "el Durán", al que hace cuatro años que no veo, o puede que a César, quién sabe. Esta oportunidad no se presenta a menudo. Estoy escuchando mientras escribo "Baby, please don't go", la versión que realizó el grupo del clásico de Van Morrison. ¿La tocarán esta noche? No creo. No paro de morderme las uñas, impaciente.